05 de Marzo de 2010
Blanco o negro
Da igual el tipo de casa que nos albergue las vidas: amplias, reducidas, más o menos amuebladas con rigor estético, superlimpias, desordenadas... En todas ellas hemos situado en lugar preferente como en un altar, el más poderoso entre los poderosos formadores de opinión: la “tele”. A poca distancia la butaca, el sofá, el sillón o un asiento cualquiera tras la mesa camilla acoge nuestro trasero y nuestro tiempo dedicado a tomar el “mando” de la televisión. Ya está. A veces el aparato permanece encendido todo el día como si tuviéramos un pariente parlanchín en casa que nos distrajera la soledad y ahuyentara el silencio. Entre la variedad de programas –algunos esparcen hasta el olor nauseabundo de una auténtica basura- elegimos las “Noticias” como un hito que nos introduce, desde el confuso campo de los estímulos sensoriales, en una realidad noticiable y mediatizada por la cadena elegida. Según los ingredientes que los responsables de los diferentes medios quieran añadir a la noticia así se amasa la información. Y nosotros engullimos, sin más, esos cocimientos vertidos en la olla de las ideologías.
Desde el púlpito de la imagen y la palabra de los telediarios vemos y escuchamos a los políticos lanzar con vehemencia y entusiasmo sus soflamas partidistas en busca del aplauso de su bancada -o hatajo de rebaño- sin que los ciudadanos merezcamos otra atención que la de ser moneda de cambio para conseguir votos. No estamos asistiendo a un desencuentro entre los principales partidos políticos porque nunca hubo encuentro. Los desacuerdos llegan cuando existe la posibilidad de un acuerdo, de una connivencia, de un denominador común en algunos objetivos políticos. No es el caso. Y tú más. Y tú peor. Todas las responsabilidades del gobierno y oposición se meten en sendos talegos con los que atizar un buen golpe al contrincante: El Bien o El Mal; El Blanco o El Negro; El Día o La Noche. No hay otras variantes.
Según la filosofía oriental del yin y el yang nada existe en estado puro, sino en continua transformación. Cualquier idea puede ser vista como su contraria si se la mira desde otro punto de vista. En este sentido la tipificación ideológica sólo sería por conveniencia. Ni siquiera en el nombre de Dios se puede afirmar la verdad absoluta. Esa categoría divina es el acomodo que cierta parte de la jerarquía de la Iglesia Católica se atribuye para defender poderes no siempre celestiales. También los ciudadanos nos atrincheramos en una ideología concreta sin mirar a otro lado por si acaso se atisba una opinión razonable. Al Bien y al Mal los cercamos entre las rejas de un razonamiento categórico y rotundo hecho a nuestra medida.
Existen infinidad de matices del color gris; existen los atardeceres; existen las equivocaciones; existen los ríos que convergen en un solo cauce...
Con la que está cayendo esperamos algo de cordura política en aquellas decisiones que nos ayuden a salir cuanto antes de esta maldita crisis económica. Para eso están ahí los miembros del gobierno y los parlamentarios. Mientras tanto, para no contagiarnos por tantas intransigencias, no atenderemos a los informativos. Mejor un libro para leer. O un sueñecito en el sofá. ¡Qué sosiego!